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Fabián Tomasi falleció el año pasado (2018) en la vecina ciudad de Basavilbaso, luego de toda un vida signada por una problemática que nos atraviesa a todos los entrerrianos en menor o mayor medida: la de los agrotóxicos. Sólo que su caso fue extremo. El contacto de estas sustancias con su cuerpo, casi sin intermediarios, deterioró su cuerpo a un punto límite. Su imagen era chocante, nos escupía a la cara una realidad que podría pasar inadvertida (y de hecho, pasa): Nos están matando de a poco. Están reduciendo nuestro tiempo de vida. Fumándonos de a poquito. El asesino es invisible, no suele mostrar sus garras hasta que ya es demasiado tarde.

En este informe especial, desde Noticias Villaguay hablamos con Sandro Jaime, villaguayense que conociera a Fabián allá por 2003 y entablara una amistad entre asados, vino y largas sobremesas.

“Lo conocí porque viví en Basavilbaso desde el 2004 hasta 2010… allá conocí un muchacho que pintaba carteles, con el que trabajábamos juntos en varios negocios y semanalmente nos reuníamos a comer asados entre varios amigos, en aquel taller y Fabián era el invitado fijo de todas las semanas.”

“Había que ir a buscarlo, era el mimado del taller. Un muchacho que tenía una inteligencia impresionante: el cerebro le funcionaba a mil. Debió ser uno de los tipos que más ha leído Taringa en su vida. Sabía de todo. Continuamente estaba investigando el tema de su problema con los venenos, pero era un vago que tenía un humor impresionante. Se reía de sí mismo. Eso, claro, era lo que a nosotros nos hacía bien, porque él disfrutaba cuando nosotros lo hacíamos pertenecer a nuestro grupo como uno más: como a un igual. Es decir que también lo cargábamos, hacíamos chistes de todo. La verdad, era una persona increíble.”

“A pesar de su condición física, gracias a su mente era un placer estar con él.” –rememora Sandro, para luego adquirir un tono más serio, con el que prosigue:

“Siempre nos contaba cómo era que había llegado a esa condición. Yo lo conocí antes de que unos médicos alemanes empezaran a probar unos medicamentos que le extraían el veneno de la sangre. Lo conocí cuando empezó a decaer mucho aunque luego cuando empezaron a hacerle esas pruebas los médicos, empezó nuevamente a subir un poquito su estado físico, porque lo que tenía adentro del cuerpo, no era prácticamente sangre… él nos contaba que era casi, casi, todo veneno, incluido el glifosato, pero eran varios venenos. Era impresionante.”

“Estábamos en continuo contacto. Luego yo me volví a Villaguay y seguíamos hablando vía teléfono y Facebook porque éramos muy de compartirnos cosas locas que veíamos en las redes, aparte de lo del glifosato, siempre nos estábamos compartiendo las notas, él me hablaba de donde hacía las charlas y todo lo demás. Básicamente él vivía más para su madre, para su hija y su hermano que también murió un poco antes que él: estaba en una silla de ruedas, también estaba enfermo. Pero era una familia hermosa. La verdad es gente que aprecié mucho, más allá del problema que tenían eran una gente maravillosa. Y Fabián tenía una inteligencia, Gabriel, que me hace acordar a la de tu viejo… esa inteligencia, ese humor, esa acidez para decirte las cosas, se reía de él mismo. Era alguien fantástico.”

“Lo paradójico de esas juntadas que hacíamos para comer asados, en la que nos juntábamos varios, era que estaba Fabián con su problema y siempre venía a la palestra la discusión, pero a su vez también iba otro piloto de avión que se llamaba Marcelo y también es de Villaguay y se dedicaba a fumigar. Además iba un grupo de muchachos que tenían un mosquito fumigador. Entonces a veces la conversación giraba en ese torno y había digamos, grandes discusiones.”

“Estaba el tema de lo que le pasaba a Fabián, como a un montón de gente más, pero también estaba la defensa del laburo viste, es que esta gente se dedicaba a eso y si no hacian eso no comían. Entonces era una larga charla, que a medida que sumaba el vino, sumaba el volumen también” (risas). “Pero básicamente eran fructíferas las charlas. No obstante Fabián luchaba a brazo partido y lamentablemente le empezaron a dar bola casi que tarde. Los últimos años recién pudo dedicarse, le prestaron atención o se dieron cuenta de su tema. Yo te puedo asegurar que él arrastró eso durante varios años. Yo lo conocí en el 2003 y ya tenía 6 o 7 años con ese problema.”

“En las discusiones que había con estos muchachos que también se dedicaban a la fumigación siempre surgía de cómo había llegado Fabián a su condición y esto era más que nada un poco por el desconocimiento de los venenos y otro poco por la desidia de los patrones que lo mandaban sin ningún tipo de protección a cargar veneno a los aviones o a preparar en los bidones; o a lo mejor tenía la protección, pero no la adecuada, porque por ejemplo en Basavilbaso, en un verano de 40° C te daban esos trajes plásticos, pero sin ningún tipo de ventilación, entonces (los empleados) terminaban sacándose los guantes o después enjuagándose en un charco donde estaba el mismo glifosato. Así que él explicaba eso, de la falta de protección. Siempre instaba a los dos muchachos que tenían el mosquito a que usen toda la protección y ellos siempre terminaban diciendo que sí, pero hacían todo lo que tenían que hacer en el campo y después atravesaban con el mosquito por el pueblo e iban y lo enjuagaban con una manguera en el patio de la casa.”

“Yo creo que básicamente lo que está sucediendo es eso: la falta de conciencia de lo que realmente es el glifosato y eso es lo que les decía Fabián, que pareciera que es invisible, que no te pasa nada, pero cuando te empieza a pasar sonaste.”

“Para finalizar habría que remarcar que la empresa en la que trabajaba Fabián, ahí en su Basavilbaso, la cual tiene los hangares de aviones yendo para el lado de Urdinarrain, todavía está ahí, trabajan lo más bien. Siguen teniendo sus aviones y siguen fumigando como si nada. Nunca tuvieron ningún reconocimiento con Fabián… creo que les hizo un juicio pero nunca le salió a favor de él.” –finaliza Sandro.