| Villaguay | Entre Ríos | Jueves 11 de marzo de 2010 | Compartir en Facebook |
OPINIÓN. Por Julio Segovia
El caos de la educación
Leía hace algunos días en el diario El Pueblo que la matrícula escolar aumentó este año un 30%, debido ello posiblemente a la obligatoriedad de la educación secundaria.
Además la presión de los controles para el pago del salario familiar universal (escoba nueva barre bien) inyectó un enorme entusiasmo en los padres para enrolar a sus hijos en la nutrida guarnición estudiantil.
Pero el sistema no estaba preparado para recibir las oleadas extras de educandos. La realidad mostró, entonces, la verdadera cara de la imprevisión. Pero también dejó al desnudo las llagas de la educación entrerriana.
Podría describir en kilómetros de textos y de historias singulares la angustia de padres que recorren colegios buscando lugar para sus hijos, de docentes que, atónitos, se encuentran ante divisiones con un número de alumnos absolutamente anti pedagógico, de alumnos que no tienen docentes, etc.
Si hablé de imprevisión debo hablar de previsión, de sentido común, de razonabilidad, de decencia en la función pública. Solo por reflexionar en voz alta:
Si las inscripciones se hicieron en octubre, sujetas a los ajustes propios de la repitencia, significa que cinco meses antes se sabía que esto iba a ocurrir.
Si los chicos se inscriben en varias escuelas a la vez por temor a quedar sin banco, y si en las escuelas hay computadoras, y si el personal sabe usarlas, usando una simple planilla de cálculos de Excel, se puede saber qué nombres están repetidos.
Si algunas divisiones iban a ser superadas, debieron hacerse los desdoblamientos antes del inicio y no cuando ya los padres gritaban histéricos o cuando comprobaron que algunos grupos se componían de hasta casi ochenta chicos.
Si depurados los nombres repetidos se comprueba que la cantidad de bancos y aulas y docentes y ordenanzas y preceptores es insuficiente, se pudieron gestionar las designaciones necesarias y poner en marcha un plan de construcción de aulas ya que quien está de vacaciones es el sistema educativo, no la construcción.
Si las clases comenzaban el 1 de marzo, y muchos docentes iban a dejar sus cargos para ocupar otros más convenientes, fue absolutamente imprudente llamar a concurso la semana anterior al comienzo, dejando a muchas divisiones sin docentes.
Y si hablamos de sentido común, deberíamos tener siempre presente que muchos chicos que repiten en cuarto y quinto año del actual secundario, directamente deciden pasarse al nocturno, atiborrando esos establecimientos, y obligando a los directores a correr a pedir nuevas divisiones, y a aceptar que solo nombren los docentes, pero no los ordenanzas ni demás personal necesario.
En algunas escuelas se seleccionó con dudosos criterios a quienes quedaban y quienes se iban para reducir la matrícula a un nivel aceptable.
He visto la cara compungida de directivos comunicando a los padres de alumnos históricos, separando a hermanos, que deberían buscar otro establecimiento.
Así, familias de algunos barrios han terminado registrando sus hijos en escuelas a mucha distancia. Ello acarreará: nuevo grupo social y abandono de sus amigos, problemas de transporte, en el caso de las niñas caminar muchas cuadras desde muy temprano, a veces casi en la oscuridad, para llegar a tiempo, con el riesgo que eso implica, y seguramente otros problemas más.
Todo pudo preverse.
Todo el caos se pudo evitar.
Una vez que los remiendos, los parches pegados con plasticola y las designaciones provisorias hayan estabilizado el lamentable barco de nuestra educación para que se mantenga a flote un año más, quizás sería bueno que las autoridades educativas del departamento comiencen a pensar en dos pasos: el primer paso es proyectar un Villaguay del año próximo, con una inscripción similar, para que las aulas vuelvan a ser espaciosas y los docentes puedan preocuparse por capacitarse para evitar la espantosa repitencia y no en como dar clases con alumnos sentados en el suelo; y un segundo paso con una ciudad del 2.020, con una matrícula duplicada, anticipando el futuro, con visión de estadistas.
Si el estado quiere garantizar una educación con la calidad que exige este siglo debe tener en la conducción a educadores capaces de mirar más allá de la zanahoria política, profesionales idóneos, seleccionados por el simple método del concurso.
El universo de postulantes, hoy reducido al grupo de “amigos que me acompañaron en la campaña”, mejorará las posibilidades y cumplirá con la obligación constitucional incorporada en la reforma de 2008.
El compromiso es con el futuro, no se puede pensar en romper la dependencia servil de la ignorancia si no tenemos un sistema educativo conducido con capacidad, con un presupuesto razonable, sin injerencia de políticos corruptos que solo corrompen convirtiendo a algunos agentes educativos en simples alcahuetes, y con una visión amplia y larga.
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