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Villaguay | Entre Ríos | Jueves 27 de mayo de 2010 | Compartir en Facebook
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DE UN TIRÓN. Por Martín Carruego
La patria es la infancia
Han sido días muy celestes y blancos. Muy de banderas, escarapelas, escudos, afiches, dibujitos. Todo celeste y blanco. Y en estos días tan bicentenarios -y con todo respeto por aquellos lectores que hayan sentido humedad en los ojos y opresión en el pecho al entonar el himno o al ver los fuegos artificiales iluminando los primeros patrióticos minutos del 25 o que se hayan deleitado con el para mí absurdo y aburrido pericón nacional- se me dio por cuestionarme la idea de patria.
Lo primero que se me vino a la cabeza fue un verso de una canción de Jorge Drexler, que en realidad fue escrita por otro poeta y que se llama “Frontera”. El uruguayo canta algo así como que su patria son los primeros acordes que aprendió en su guitarra.
Es una idea interesante que inevitablemente conduce a pensar en otra frase, bastante conocida, que se atribuye a muchos escritores y poetas y que se ha convertido casi en un lugar común: la patria es la infancia.
Me pasa eso. Me pasa que no me atrae mucho la cuestión del sentido “patrio” de una “nación” que en realidad es un conjunto de gente dispersa en el más vasto sentido del término. Me pasa que no creo que tengamos mucho que ver los villaguayenses con los chiquitos que educa en la precordillera el maestro Pancho Ramos; ni con los indios de Chaco o de Misiones a los que los políticos berretas les roban los DNI y mucho menos con esos politicos. No creo tener vínculo alguno con los porteños que hablan a los gritos ni con los rosarinos que les copian o con los tucumanos que parecen con sueño.
Alguno me dirá, con razón, que tenemos una historia común. Seguro. Pero nuestra historia, lamentablemente, ofrece más episodios vergonzosos que halagüeños. Por ejemplo, ayer escuchaba, en el desfile, que uno de nuestros regimientos participó de la guerra contra el Paraguay. ¿Acaso provoca algún orgullo esa carnicería absurda?
Hay, claro, episodios dignos de destacarse. Muchos. Pero igual, la historia no parece ser lo suficientemente uniforme como para cobijarnos a todos bajo su manto fragmentado, repleto de dicotomías. Aun así, si algo nos une es esa historia. Con todos sus grises.
Igual, creo que a la mayoría les pasará que cuando piensan en su patria en realidad se trasladan a su propia historia. En otras palabras, a su infancia, a sus lugares queridos. Tal vez puedan ayudarnos a pensar en ello los lectores que están en el exterior.
En mi caso, hace más de doce años que vivo en Villaguay y me siento parte de esta ciudad. Pero soy de Maciá, siempre lo voy a ser, aunque ahora cuando ando por sus calles encuentre más rostros desconocidos que familiares.
Mi patria es un pedacito de tierra debajo de la parra del club Belgrano, al lado de la cancha de bochas, donde jugábamos a la bolilla con mis amigos; o el terrenito de la diagonal, que cuando era casi un monte servía para jugar a la guerra y después, ya limpio, se convirtió en cancha de fútbol. Mi patria es el invierno de 1986, con el Diego haciendo magia en México y las cartas más o menos románticas que intercambiábamos con una amiguita de Paraná, ya casi adolescentes.
La patria son esos recuerdos, me parece. El libro que me regaló la maestra de tercer grado en mi cumpleaños; las siestas interminables en bicicleta, los silos en el galpón de la estación, donde nadábamos en lino; los veranos en la pileta del camping, los viajes en camión para tratar de defender, casi siempre sin suerte, los colores de Martín Fierro contra los equipos de Tala.
La infancia es un territorio que parece infinito. Recordar, a los treintitantos, esas cosas, parece una actitud impropia de una persona joven. Pero ocurre –o parece ocurrir- que lo que nos va pasando después deja menos huellas.
En realidad a los 20, los 40 o los 60 nos pasan tantas cosas como cuando éramos chicos. Pero quizá estamos tan ocupados que no les prestamos demasiada atención y los hechos apenas nos rasguñan, o tal vez las heridas nos van curtiendo el cuero y preferimos ir olvidando.
Lo que siempre queda a salvo, sin embargo, es la infancia. Aún cuando no haya sido del todo feliz, siempre lo parece. Es el único sitio al que siempre vamos a pertenecer, la raíz de la que nunca nos podremos desprender, los cimientos que nos sostienen.
Por eso la infancia es la patria.
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