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Villaguay | Entre Ríos | Sábado 19 de junio de 2010 | Compartir en Facebook
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DE UN TIRÓN. Por Martín Carruego
We are chusmas y “tiroteadores”
Desde hace varios días andaba con la idea de escribir algo sobre el Día del Periodista, porque las efemérides están para eso. Pero no conseguía encajar mis sensaciones personales del oficio con la importancia que, más allá de lo que yo percibo, tiene la prensa libre para las sociedades democráticas.
Un país sin periodistas, sin crítica, sin debate, es una especie de feudo absurdo en el que no vale la pena vivir. Pero últimamente, alguna prensa ha tomado el papel de señor feudal y eso tampoco me agrada. Cuando los periodistas, o en realidad algunos pocos medios, confunden su rol y pretende avasallar los mecanismos regulares de la democracia, la libertad de expresión está tan en riesgo como en cualquier dictadura.
Para decirlo más claro: nadie eligió a Clarín en las urnas para que gobierne el país; y está claro que ese grupo –paradigma de un sistema de poder económico concentrado- estableció la agenda de muchos gobernantes. Incluso de Néstor Kirchner, hasta que vaya a saber por qué motivo, alguna vez se distanciaron.
Pero más allá de Clarín y de las luchas indescifrables que se disputan (o se arreglan) en las más altas cumbres, está lo que hacemos nosotros, los de acá abajo, los que sacamos fotos en los actos escolares y al mismo tiempo jugamos a veces a investigar alguna situación confusa; los que cubrimos accidentes de tránsito y redactamos notas sobre política; los que escribimos crónicas de un partido de básquet y al rato hacemos filosofía barata; los que entrevistamos a personajes extraños que se aparecen por las redacciones; los que tal vez ni siquiera elegimos hacer lo que hacemos, sino que nos topamos con este oficio en un tropiezo de la vida.
Yo ya no recuerdo si lo elegí. Recuerdo sí que pasé por una facultad donde el mundo se veía muy mal y, en consecuencia, parecía existir el deber impostergable de cambiarlo. En la “escuelita zurda”, como le dice un amigo, aprendí, también, a armar algunos párrafos con cierto sentido, gracias al maestro Alfieri, a quien los villaguayenses conocieron como Don Alipio hasta que un día se apareció en la ciudad y se presentó sin antifaz para dar una charla en la Sociedad Española, en el marco de un aniversario del diario EL PUEBLO.
Ese día comencé a dudar de mi vocación. Alfieri dijo que el espíritu de un periodista es básicamente la curiosidad. Y la verdad no me siento demasiado imbuido de ese ánimo. El maestro se refería, obviamente, a la curiosidad sana, a la intención de hallarle una explicación a la realidad, de saber por qué pasa lo que pasa.
Ese interés, sin embargo, no abunda en los medios. Por el contrario, proliferan los gritones, los que la tienen clara, los que se prenden de los discursos de la “gente” porque es más fácil estar de acuerdo con las mayorías que buscar otra explicación a las cosas. Siempre me viene a la memoria la tragicómica movilización de los villaguayenses reclamando más seguridad. Ese día se fueron de Villaguay dos policías que parecían honestos…
Mientras escribía esto, una amiga del facebook me decía que a los periodistas nos gustan los “tiroteos”, las polémicas a veces insustanciales, los títulos grandilocuentes, las discusiones huecas, las frases insustanciales, la confrontación por la confrontación misma.
Es verdad que nos entretienen, pero es cierto también que si nos prendemos de ellas es porque el público las disfruta. El periodismo no es culpa exclusiva de los periodistas. Del otro lado del mostrador también hay responsabilidad.
Es que en el fondo, y esto sin sacarme el sayo que me cabe, creo que si somos fabricantes de desperdicios es porque a la gente –o al menos a buena parte de ella- le gusta revolcarse en esa porquería.
Los periodistas “vendemos” lo que el público quiere consumir. Y entonces podemos ser tan útiles como un farmacéutico o tan miserables como el bolichero que emborracha al alcohólico.
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