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Villaguay | Entre Ríos | Domingo 25 de julio de 2010 | Compartir en Facebook
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DE UN TIRÓN. Por Martín Carruego
Acerca del ano
Un profesor de la facultad afirmaba que el “negocio” de la Iglesia es el pecado. En la facultad no se hablaba mucho de religión. Pero alguien había hecho referencia al tema del divorcio, que hoy es tan natural como sacar el carnet de conductor pero que en su momento le trajo a Raúl Alfonsín varios dolores de cabeza.
La teoría de aquel docente hacía pie en la cuestión de la culpa. Es decir, la iglesia (en realidad, las religiones) tienen “clientes” porque existe la culpa; porque hay conductas consideradas pecado. Desde esa perspectiva, y siempre siguiendo su razonamiento, el que ensució su alma, tal como aquel que embarró el coche y lo lleva al lavadero, necesita del confesionario para purificarse.
¿Por qué la iglesia se oponía a algo tan obvio como el divorcio en pleno siglo 20? Según aquel profesor, la respuesta era simple: si el divorcio se institucionalizaba y dejaba de ser considerado como una mala conducta (aún hoy, creo, los divorciados no pueden comulgar en la misa), generaba menos culpa. El resto era matemática: menos culpa, menos gente necesitada de perdón.
No sé si tendría razón o no aquel hombre que vestía camisas de Ángelo Paolo calzaba anteojos muy gruesos y que viajaba a Paraná desde Buenos Aires todos los sábados para dictar Teoría Política. Pero la verdad es que la hipótesis no suena descabellada.
Obviamente se trata de una respuesta política a un tema que también puede ser mirado desde el dogma católico (y allí no hay discusión posible). Pero al fin y al cabo cuando discutimos sobre el matrimonio homosexual la discusión es política, no religiosa.
La férrea defensa de los grupos religiosos del matrimonio heterosexual como una institución propia de la naturaleza y no de la cultura humana, parece impropia de la época pero es en cierta forma previsible.
Lo llamativo del caso es que, más allá de las esperables críticas eclesiásticas, mucha gente común repudia la sanción de la ley desde perspectivas francamente irracionales, desde el asco, la repugnancia y probablemente el temor que les causa imaginar una relación homosexual.
En la sección de opiniones de esta página, para alimentar el debate sobre el casamiento entre personas del mismo sexo, una lectora se preguntó si el ano era un órgano sexual. El interrogante dice mucho sobre la ignorancia que reina al respecto.
Entre nosotros, los “normales”, existe un interés morboso, enfermizo, por conocer la intimidad de los homosexuales, que quizá podría sintetizarse en la absurda pregunta de “quién le mete qué cosa a quién” o más grotescamente “quién hace de mujer”. Es parte de un mito gigantesco que reduce la homosexualidad a lo genital.
En realidad, el apego a personas del mismo sexo excede la atracción física. Es una cuestión que implica también lazos afectivos y emocionales.
Pero mejor seguir mirando desde lejos. Porque tratar de entender lo diferente siempre es un trabajo arduo. Es mucho más cómodo, mucho más sencillo, aferrarse al sentido común, a las verdades aceptadas por la mayoría y dejar “lo otro” a un costado, lo más lejos posible, para mirarlo de vez en cuando con ojos piadosos, como a los enfermos.
Es preferible seguir creyendo que los gitanos se roban a los chicos, que los judíos son avaros, que los gallegos son brutos, que los bolivianos son todos albañiles y que los pobres son peligrosos.
Lo otro, tratar de entender que cada individuo es dueño de su vida y que tiene los mismos derechos que cualquiera, es una tarea demasiado complicada.
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