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Villaguay, martes 7 de agosto de 2012

DE UN TIRON. Por Martín Carruego

Todavía no me arrepiento, todavía

Es al cuete. Uno puede pasarse horas enumerando logros de este gobierno y entonces aparece uno con un argumento irrefutable, sólido como la roca, impenetrable como al Amazonas: el sueldo cada vez me alcanza para menos.

Frente a eso no hay nada que hacer. Ahí, cualquier palabra pierde valor, o lo que es lo mismo pero viene más a cuento, se devalúa. Y entonces, cuando le hablan de lo que sale el kilo de azúcar o que 50 pesos de nafta no le alcanza ni para andar dos días, uno se tiene que tragar cualquier respuesta. Porque no hay nada más importante que el bolsillo. Nada.

Hubo un tiempo, hace poquito, en el que la retórica latinoamericanista, la revalorización de la militancia, el acercamiento a las Madres y Abuelas, eran valorados por la sociedad en su real dimensión.

Hoy, lamentablemente, la suba de precios, la imposibilidad del gobierno de resolver el asunto que más preocupa a los argentinos, ha vaciado de contenido esos temas. Ahora, para la mayoría (o al menos para muchos) son nada más que frases repetidas al voleo en alguna de las demasiadas cadenas televisivas que protagoniza la presidenta, muy mal asesorada en cuando a sus estrategias de comunicación.

Yo me acuerdo, por ejemplo, lo que significaba en la época de Menem habernos quedado sin Aerolíneas y sin YPF. Se hablaba entonces, entre los opositores al riojano, de la pérdida de la soberanía y de la destrucción de empresas que formaban parte no sólo del patrimonio sino de la historia misma de los argentinos.

Este gobierno las “recuperó”. Y sin embargo esos frutos parecen insustanciales frente a un tema en apariencia mucho banal, mundano o, para decirlo en términos borgeanos, más baladí: las moneditas, el billete, la biyuya, la potoca, los mangos, el vil metal.

Ni el desendeudamiento ni el matrimonio igualitario ni la asignación universal. Todos esos asuntos, sobre todo si los enumera la presidenta por cadena nacional, dejan de tener el carácter de logros importantes –que lo son- y son percibidos por una gran parte de los argentinos como excusas para no hablar de lo que en verdad importa: la inflación, que se come de a bocados gigantes los ingresos de los argentinos.

Las apelaciones a temas “importantes”, los discursos grandilocuentes, ya no parecen tener el efecto positivo que alguna vez mostraron. Por el contrario, la gente de a pie, ésa a la que le cortan la novela para que hable la presidenta, no recibe con buen humor los extensos discursos de la mandataria.

La gente, esa gente, la que no milita en ningún partido y sólo quiere poder comprar un salamín y un pedazo de queso para sentarse tranquila a mirar tele, ya sabe que Néstor descolgó el cuadro de Videla; ya sabe que dos millones de argentinos tienen netbooks; ya sabe que desde 2003 a la fecha se crearon millones de puestos de trabajo y se reactivó la industria.

La gente, esa gente a la que no le importan los “granes temas” y que quiere poder salir a comer una pizza un sábado a la noche, ya sabe de la asignación universal, de la ley de medios, de los dos millones de nuevos jubilados, del fin del negocio de las AFJP.

La gente, esa gente que no sabe de izquierdas o derechas, ya sabe que fue el kirchnerismo el que derogó la flexibilización laboral y que fue Cristina la que se animó, finalmente a enfrentar al extorsionador profesional de Hugo Moyano.

La gente sabe y no necesita que se lo recuerden cada dos o tres días por cadena nacional. Porque no sólo sabe esas cosas, sino que además, a esta altura, ya dejaron de importarle. Es que, muchachos, por muy importantes que sean los logros, lo único que cuenta es el presente. Y el presente, lamentablemente, es la inflación. Los cien mangos que se van como llevados por el viento apenas uno entra al supermercado.

Hace ya un tiempo, cuando muchos empezaban a ponerse colorados si les preguntaban por quién había votado, manifesté en una columnita que yo había elegido la continuidad de Cristina y que, todavía, no estaba arrepentido de ello.

 Eso salió publicado el 27 de noviembre del año pasado. Decía en ese textito que una de las coas que me había seducido del gobierno era su pragmatismo. Es decir, confiaba en que Cristina haría lo que fuera menester en el momento que hubiera que hacerlo.

Todavía no me arrepiento de mi voto. Todavía.-


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