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Villaguay, jueves 13 de diciembre de 2012
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SOLA Y EN BICICLETA. Por Ana Malena

Silencio de radio

Silencio de radio: expresión que significa cese total de las comunicaciones por radio. Aplicado al ámbito militar significa que no se permite transmitir nada ni en fonía ni en morse, hasta que se dé la orden de restaurar la emisión. El silencio de radio tiene como objetivo impedir la localización o alerta por parte del enemigo.

Hace más de dos meses, comenzaba en mi vida una etapa de nuevas salidas. Digamos que una “vuelta al ruedo” en el plano amoroso, que inyectó de energía primaveral mi vida de soltera. No es que la pase mal sola, (ustedes lo saben más que yo) pero la compañía de un muchachito que la haga sentir atractiva y deseada, no le viene mal a ninguna mujer.

Como ya lo saben, la cosa venía atravesada desde el principio con Marianito, pero tampoco era para tanto. Luego de las dos primeras citas, una fallida, la otra exitosa, hubo algunos encuentros más. Salidas a tomar algo, paseos en auto, visitas esporádicas a mi hogar, cuando él estaba en la ciudad. Nada del otro mundo, pero con la belleza de lo simple, y la expectativa secreta de que tal vez, quién te dice, se podía poner lindo. Hasta que una clásica “borrada olímpica” lo dejó todo mucho más claro.

Ya me había acostumbrado a las llamadas telefónicas de “Mamuchi” en plena madrugada, preguntándole a su nene “si le faltaba mucho” para volver a su casa. Incluso ya me resultaba simpático que Marianito hablara de ella cada dos temas de conversación. Era muy habitual escuchar frases del estilo “si, pero no me voy a dejar el pelo largo porque a mamá no le gusta”, “bueno, pero si mamu se quiere venir conmigo a Córdoba, yo no puedo decirle que no”, “yo no como otras milanesas que no sean las de mamuchi, porque me caen mal al hígado”.

Tanto me había acostumbrado que la doña ya me estaba cayendo bien. Sobre todo cuando una noche, en un evento social, la encontré personalmente. Ella “supuestamente” no sabía de mi existencia. Sin embargo, se acercó a saludarme con una excusa tonta, y a modo de agente de la SIDE, empezó a preguntarme sobre su niño, de dónde lo conocía, cuantas veces nos habíamos encontrado, y en carácter de qué habían sido dichos encuentros. Todo muy sutil, sin decir nada directamente, pero dejando bien en claro que si quería estar con su bebé, tenía que pasar primero por su filtro.

Yo, acostumbrada a los “aprietes”, me limité a responderle con evasivas y con mi mejor cara de boluda, me hice pasar por una amiga más de la vida. A pesar de eso, me resultó simpática la doña.

También me había acostumbrado a las ciber-charlas nocturnas con Mariano, a los encuentros dialécticos ayudados por las nuevas tecnologías, y a las esporádicas citas en persona que sus visitas a la ciudad me permitían. Todo parecía marchar bien, sin demasiada euforia, pero por lo menos, divertido y agradable.

Su presencia en mi vida me ayudó bastante, ya que llegué a entender la lógica del hombre metrosexual: Marianito encajaba perfecto en ese estereotipo. Alto, rubio, musculoso. De esos que cuando se desperezan, dejan asomar atrevidamente el pequeño espacio de piel que separa la pelvis del torso, y que hace que muchas miradas femeninas caigan derretidas a sus pies.

A Marianito le gusta hacer deportes, muchos deportes. Y sobre todo, le gusta mirarse y admirarse. Cuando tenía oportunidad, se quedaba en “cueros”, momento en el que desplegaba una performance narcisista como pocas.

Desde que se quitaba la remera, su cuerpo adquiría una tonicidad superior a la que normalmente tenía, se trababan todos sus músculos y él, con disimulo, se miraba de reojo los pliegues de sus bíceps y tríceps moverse lentamente.

Aunque estuvieramos fundidos en un abrazo, él se daba un momento para mirarse y chequear que todo esté siendo estéticamente apreciado. Incluso una noche, cuando volvía del baño, lo descubrí frente al espejo de la habitación, ensayando pasos de baile y deleitándose con la imagen que le devolvía el reflejo.

Yo lo miraba mirarse y me fascinaba su fantástico cuerpo. Pero instantáneamente me miraba a mi misma, con los históricos rollitos y una importante celulitis añeja, y lo único que atinaba a hacer era a taparme hasta la cabeza y apagar la luz, por si acaso.

A todo esto me había acostumbrado. Hasta me había acostumbrado a que siempre despreciara mis puntos de vista conargumentos más creíbles, y a que refuerce con sus críticas, mis peores inseguridades.  Y si me daba tiempo, seguro me hubiera podido acostumbrar a muchas delicias más.

Porque en el fondo, cuando conocemos a alguien, nos inventamos un mundo de ilusiones tontas que nos llevan a endiosar a zopencos y a aguantar a suegras indeseables. Pero por suerte, siempre hay una luz en el camino.

Cuando un hombre se pega “borrada olímpica”, y sus silencios se vuelven una ausencia permanente, nos llenamos de indignación, y de preguntas sin respuestas. Pero chicas, sepan que estos silencios de radio nos ayudan, a pesar de la desilusión, a darnos cuenta de que  no necesitamos de la presencia de nadie para sentirnos vivas. Siempre llega ese silencio, que aunque incomode, nos relaja y sobre todo, nos hace poner “punto y aparte” en la historia.

(Publicado en EL DIARIO DEL DOMINGO del 9/12/12)

 


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