(Por Ricardo Leguizamón – www.entreriosahora.com) – Leonardo Javier Tovar se despidió este viernes por la noche como párroco de San Benito Abad y lo hizo rodeado de muchísimos fieles: el templo se colmó y hubo que poner sillas afuera, y una pantalla gigante, y un equipo de sonido lo suficientemente esmerado como para transmitir la voz del cura más allá de las paredes de la iglesia.
No hubo ninguna autoridad eclesiástica: ni el obispo Juan Alberto Puiggari, ni el vicario Eduardo Tánger, ni ningún miembro del consejo presbiteral, ni dos, ni tres, ni cuatro, ni diez sacerdotes que llegaran a acompañar a Tovar, que después de más de dos décadas al servicio de la Iglesia de Paraná, decidió alejarse, y echar raíces en Buenos Aires, en el Santuario de San Cayetano, bajo la autoridad del cardenal Mario Poli.
Sólo lo acompañó un cura, David Hergenreder, de la cuasiparroquia de Colonia Avellaneda. Nadie más del clero. El vacío y el ninguneo al que lo sometieron a Tovar en estos últimos cinco años no estuvo ausente en su despedida.
A Tovar sólo lo acompañaron los fieles de a pie, que lloraron, que cantaron, que lo vivaron, le agradecieron, le tendieron una mano, y se lamentaron por su partida, motivada por el enfrentamiento con Puiggari.
Nadie ignora ese entredicho en San Benito.
Desde 2010, Tovar carga la cruz de los testimonios que escuchó de boca de las víctimas del cura Justo José Ilarraz, ahora procesado por la Justicia por los delitos de abusos. Entonces, Tovar, junto a otros dos sacerdotes, José Carlos Wendler y José Dumoulin, eligieron el camino de la cautela, y confiaron en las autoridades de la curia.
Pero la Iglesia de Paraná demostró muy poco interés en acercar a las víctimas a la Justicia, y entonces los tres, junto a otros, poquísimos sacerdotes, redactaron una carta, y se la presentaron al exarzobispo Mario Maulión. Por primera vez, hablaban casi en forma pública de los abusos de Ilarraz, que había sido prefecto de disciplina en el Seminario, el sitio adonde habían ocurrido los abusos de menores. Los curas le reclamaban a Maulión que lo denunciara en la Justicia a Ilarraz.
No lo denunciaron, no lo denunciarían nunca.
Sólo el tesón de las víctimas hizo que el caso llegara, en 2012, a los Tribunales. Tovar estuvo entre los pocos miembros del clero que acompañó a las víctimas, decisión que le valió un enfrentamiento con todo el clero de Paraná y las autoridades de la Iglesia.
De varios modos, lo acusaron de pretender destruir a la Iglesia.
Esa acusación sólo le produjo dolor e impotencia. “¿Nosotros violamos a los chicos? ¿Nosotros encubrimos estos delitos? ¿Nosotros no denunciamos lo que sabíamos? ¿Quién destruye a la Iglesia?”, se preguntó.
“Les cagaron la vida a estos chicos”, dijo en su homilía de despedida en referencia a las víctimas. “Nos dimos cuenta de que adentro de la Iglesia había complicidad. De eso nos dimos cuenta después de dos años de silencio, porque nosotros pudiendo haber sacado el caso Ilarraz a los medios, no lo hicimos, confiamos en las autoridades. Pero nos encontramos con cómplices de los abusos. Quiero aclarar que yo he sido un loco, como dicen algunos, pero he sido uno de los curas más obedientes. Pero hasta acá llegué. Pero, ojo, yo no abandono la lucha, solamente me cambio de trincheras”, señaló.
Ilarraz está procesado, y a un paso de ir a juicio oral. El trabajo de Tovar está hecho. Las víctimas, alcanzaron un poco de justicia.
Pero en esa faena, sintió los arañazos en el cuerpo, y el dolor del ninguneo.
Entonces, decidió partir. Se lo dijo a Puiggari, se lo contó a todos: no huye, no lo echan: se va.
Adentro del templo de San Benito Abad nadie se movía de su lugar, no se oía nada, sólo la letanía de Tovar, parado al frente, micrófono en mano.
Casi no levantaba la vista: si lo hubiese hecho las suficientes veces, se habría dado cuenta de los rostros cruzados por el llanto. Nadie creía que esa fuera la ceremonia del adiós. Es que por primera vez un cura había decidido irse, mudarse de diócesis, enfrentado con su obispo. Pero así era: y por eso las lágrimas de los fieles de San Benito.
Era, entonces, el último encuentro de Tovar con sus fieles, y decidió hacer algo. Aunque había logrado que un sacerdote acudiera a despedirlo, David Hergenreder, de la cuasiparroquia Jesús Sacramentado y Teresa de los Andes, de Colonia Avellaneda, decidió él solo entregar la hostia a cada uno de los fieles: el rito fue interminable. Les daba la hostia y se fundía en un abrazo con cada uno. La escena fue conmovedora.
No es la primera partida. Antes, renunciaron al sacerdocio los curas Wendler y Dumoulin, los otros dos impulsores de la causa Ilarraz.
Mientras, en otro lugar de la diócesis, en Nogoyá, se aprestaban a otra ceremonia: un festival solidario a beneficio del cura Marcelino Moya, el otro miembro del clero paranaense acusado de abusos, que se desarrollará este sábado, en el campo San Sebastían del Círculo de Retirados de la Policía.
Tovar se fue cobijado por los abrazos de sus fieles; en Nogoyá, a Moya lo esperará un público que quizá, todavía, piense que las víctimas algo habrán hecho.



