(Por el Dr. Manuel Langsam) – Ahora ya no se los ve. Desapareció esa ocupación de la que hizo su medio de vida un numeroso grupo de pobladores de la antigua Domínguez. Me refiero a los changarines.
Vivian en las afueras del pueblo, en casas precarias y todas las mañanas, temprano, se echaban una lonita o una bolsa vacía sobre los hombros (que luego la usarían como protección en el trabajo), y se venían al pueblo a esperar que surgiera “la changa”. Esta consistía tanto en la descarga de un camión que llegaba con mercadería a alguno de los numerosos comercios que entonces existían, o una limpieza de patio (carpida), llenado de un tanque de agua, acercar una compra grande desde un negocio a una casa particular, cavar tierra para una huerta, descargar ladrillos, arena u otros materiales en alguna casa en construcción, etc.
Respetaban una ley no escrita en la que cada uno tenía una parada o territorio para el trabajo. Así Pedro Amús (La Iguana) y Aquilino Velázquez (Quilino) cuidaban la zona que va desde la esquina del galpón cerealero (hoy parte del museo), a la esquina donde estaba la sodería de Sclarovsky. Era una muy buena zona ya que cubría todas las cargas y descargas de la cooperativa, de la sodería del hotel. En el almacén de Lifschitz paraban Lucio Rojas, Melitón Castro y Anastasio Cuesta (Quito). También cubrían los comercios de Jose Wexler, Guidal Grimberg y los Hermanos Kunin. En lo de Vidal Kohen (luego Raijer y Kalesnik), estaba Juan Carbó (o Corvo). Aun hoy, en esa parada se ve a un hijo suyo (Macho) que creo es el único que continua en esa tarea.
En la esquina de Langsam paraba Silvano Acevedo, (especialista en llenado de tanques de agua por bombeo), y cuando había poco trabajo en el galpón cerealero, Heriberto Romero (Beto o El Grillo).
En el bar de Tarija, y muy cerca del mostrador, se lo encontraba a Pichón La Boga, o “Pichonético”, que tenía la particularidad de terminar todas las palabras agregando el sonido “tico”, (de ahí el Pichonético), pero como tenía su capacidad física muy disminuida debido al exceso de vino, se lo ocupaba para trabajos livianos, sin mucho esfuerzo, como traer querosén o hielo, o ir a hacer alguna compra. Había que mandarlo con un papel escrito del pedido para que lo entregara, caso contrario se olvidaba en que consistía.
Hay que destacar que eran muy solidarios entre ellos y cuando surgía un trabajo grande, se llamaban unos a otros para hacerlo en común y compartir la ganancia.
Un caso especial era “Pichirica”. Se ocupaba de la limpieza del salón de la biblioteca antes o después de su utilización por algún festival. Estos no eran muy frecuentes, por lo que estaba
disponible para changas y se lo encontraba en la esquina de la tienda, enfrente del banco. Era un “independiente” del resto de los changarines y que nunca fue aceptado por los demás. Seguramente se debía a su inclinación por el robo, ya que en épocas sin trabajo, solucionaba su situación entrando por el techo (levantamiento de chapas mediante) del Fondo Comunal para proveerse de comida y se hacía de algún queso, alguna lata de dulce, fiambres o frutas. Al día siguiente, al comprobarse el faltante, se hacía la denuncia y la policía ya iba directamente a su casa y lo detenía. Por unos días iba a parar a la jefatura de Villaguay y cuando salía aparecía nuevamente en su esquina como si nada hubiera pasado. Hasta que un día, seguramente cansado de esa rutina, en vez de comida se hizo de algunas ropas y herramientas y desapareció del pueblo. No se supo nada mas de él.
Con el correr del tiempo no quedaron ni los grandes y numerosos comercios que los ocupaban ni ellos mismos. Los primeros por la desaparición de las colonias y los otros porque no hubo reemplazo generacional. Con el envejecimiento y muerte de los viejos changarines se terminó un típico medio de vida de esa sacrificada gente que luchaba día a día por su sustento y la pasaba realmente muy mal en épocas de prolongadas lluvias en que no entraban camiones para descargar y escaseaban las changas.
En esos momentos recurrían a los comercios amigos para retirar “fiado” cosas elementales como harina, grasa, yerba o fideos para su comida, a pagar cuando llegaran épocas mejores. Me consta que en el negocio de mi casa (supongo que en los demás también), los changarines que tenían su parada ahí, siempre cumplieron y pagaban sus deudas.
Vaya esta página a la memoria de todo ellos.




