En 1882, un gran incendio afectó al barrio de La Boca, en Buenos Aires; y de entre el gentío que observaba el siniestro un joven salió gritando “Adelante! Los que se animen, vamos a apagar el incendio”.
Era Tomás Liberti, quien se convirtió en líder de aquel improvisado cuerpo de “bomberos”, que tomaría forma recién dos años más tarde, el 2 de junio de 1884, con la creación del primer cuartel del país.
Desde aquellos lejanos días hasta hoy, la tarea ha cambiado mucho: el profesionalismo y la capacitación constante le han ganado terreno al amateurismo. Pero algo sigue intacto: la voluntad de ayudar.
El trabajo de los bomberos se ha tornado cada vez más difícil. Nacieron como “voluntarios” a fines del siglo 19, cuando los incendios eran ocasionales y los accidentes automovilísticos constituían una rareza. Entonces, los ciudadanos podían dedicarse a sus cosas y, ocasionalmente, subirse a la autobomba.
Ahora la cosa cambió: el ofiocio les exige una dedicación casi exclusiva y eso los ha puesto en un aprieto. No perciben ingresos por su oficio, pero deben alimentar a sus familias. Y para colmo, el estado incluso les retacea una obra social y un seguro digno.
Su trabajo sólo tiene un premio: el reconocimiento de sus conciudadanos. En este día, Villaguay debería mostrar de manera clara y contundente su gratitud hacia los bomberos.




