Comenzó hace casi cincuenta años, una calurosa tarde de 1965, cuando notó que lo primero que hacían las personas en el campo al encontrar una yarará era matarlas. “Pero si todos matamos a las víboras, de dónde conseguiremos el suero antiofídico cuando alguna nos muerda”, pensó. Y estaba en lo cierto.
“Si en vez de matarlas, las capturamos y las llevamos a los laboratorios o serpentarios para que allí les extraigan el veneno, estaremos salvando vidas”, razonó el hombre.
Y no se equivocó. Desde aquella tarde de 1965 cuando capturó la primera yarará hasta hoy, Don Edgardo Pagnone, un vecino de la zona rural de Crucecitas Séptima y maestro jubilado, ha realizado cientos de envíos de yararás y víboras del coral al Instituto Malbrán de Buenos Aires y a otros laboratorios ubicados en distintos lugares del país.
Al principio las transportaba en tren desde Viale. “Las llevaba desde el campo al pueblo y desde allí las enviábamos al Instituto Malbrán”, le contó al Periódico Nuevazona. Con el correr de los años y la desaparición del ferrocarril de la zona, las empresas de transporte fueron las encargadas de trasladarlas, por lo que comenzó a enviarlas en camiones.
Una tarea sin fines de lucro
¿Cuál es su recompensa por tamaño trabajo? La tranquilidad de saber que con su gesto está salvando vidas; cientos de vidas. Don Edgardo no cobra absolutamente nada por su trabajo, es una tarea que realiza totalmente ad honorem. “Sólo pido al laboratorio que me reintegre los gastos que me origina el transporte. Y nada más”, aclara.
Y esto del transporte es también un gran tema. Es que no es fácil conseguir empresas que estén dispuestas a transportar serpientes vivas de especies venenosas. No resulta nada sencillo llevar una caja plástica o recipiente con respiradero, conteniendo en su interior varias víboras desde Viale hasta Paraná y desde allí a Buenos Aires o Misiones.
“Afortunadamente, cuando uno les explica el motivo del envío, las empresas acceden a transportar las serpientes, pero no es nada sencillo”, explica Don Edgardo.
Una vez ocurrió que en una requisa, personal de Gendarmería Nacional estuvo a punto de secuestrar las serpientes. Pero por suerte, una rápida comunicación telefónica y las explicaciones del caso lograron destrabar la situación y las víboras pudieron llegar al Instituto Malbrán de Buenos Aires.
Por eso, desde aquella vez, cuando hace el envío adjunta al mismo una carta que explica el origen de las serpientes y el destino final que tendrán, para evitar malos entendidos. “Los cuidados que deben tener las víboras en transporte es muy delicado. Si la caja plástica queda varios minutos al sol o en un lugar donde hace mucho calor, las serpientes no podrán sobrevivir. Y habremos perdido la oportunidad de generar nuevo suero antiofídico”, señala Pagnone.
Cuidados especiales
Asombra la tranquilidad y seguridad que sienten Don Edgardo y su hijo cuando manipulan las víboras. La tarde que visitamos su casa, ubicada a unos 20 kilómetros de Viale, pudimos apreciar cómo atienden a varias yararás y una coral que están en un tubo de alcantarilla ubicado de manera vertical en el césped. Sobre el fondo del mismo, a diario les dan agua. Y los días de intenso calor, también hielo. “Las serpientes necesitan mucha agua. Cada tanto les damos un ratón o alguna laucha, pero lo principal es que no les falte agua”, explica el hombre a NuevaZona.
La gente, como ya conoce la labor de los Pagnone, cada vez que encuentra una yarará trata de cazarla y llevársela. “Lo importante es que no estén lastimadas, porque al laboratorio deben llegar sanas. Una vez nos trajeron una yarará que tenía una herida en su cabeza. Durante varios días la curamos con crema y por suerte anduvo muy bien y sanó, por lo que al cabo de unos meses pudimos enviarla”.
Miedo no. Respeto antes que todo
“Siempre le decimos a la gente que a las víboras no hay que tenerles miedo, sino respeto. Lo que no hay que hacer es matarlas, porque matándolas estamos impidiendo salvar vidas”, destaca este hombre que realmente sabe de lo que habla. “Si todos las matamos, no habrá ninguna posibilidad de genera más medicamento para salvar gente”.
Hace algunas décadas, en la zona rural de Nogoyá, falleció una nena luego de ser mordida por una serpiente, ya que en ese momento, en toda la provincia, no había en stock del suero antiofídico que la pequeña requería. Cuando lograron conseguirlo a varios kilómetros de aquí, ya era tarde. Por eso la importancia de que todo Centro de Salud y Hospital pueda contar con el suero necesario para una emergencia.
Hoy, la tarea y constancia de Don Edgardo y familia han permitido que numerosos Centros de Salud y Hospitales de todo el país puedan contar con el suero antiofídico que se necesita para los casos de urgencia. Una noble actitud que los Pagnone continúan repitiendo hoy como hace cincuenta años. (Nueva Zona, Viale)



