Felicidad azulgrana

Todo triunfo es pasajero. Pero mientras dura hay que disfrutarlo. Por eso los hinchas de San Lorenzo salieron a la calle pese al intensísimo frío que hacía anoche y celebraron la obtención de la Copa Libertadores de América, el trofeo que le venía siendo esquivo al club de Boedo.
¿En qué te cambia la vida que el club del que sos hincha gane una copa? Los que carecen del gen de la pasión futbolera no entienden estas cosas. Hablan de 22 tipos millonarios corriendo atrás de una pelota, del negocio que hay atrás de los partidos, dicen que ni por casualidad irían a apretujarse a una tribuna.
Es todo lógico. En la mayoría de esas apreciaciones tienen razón. Es imposible que alguien que nació sin el virus del hincha pueda entender las conductas absurdas que cometen éstos, la enfermiza virulencia de esa pasión que te pasea del dolor a la bronca y de la angustia a la felicidad casi sin escalas, con apenas un par de días de distancia.
No hay estudios científicos que expliquen a través de qué mecanismos y en qué momento preciso de la vida uno se infecta. Incluso, hay quienes permanecen inmunes toda la vida.
Una camiseta regalada por el vecino; la influencia de un amigo; en ocasiones una inyección de triunfalismo y, para la mayoría, el contagio directo por vía de la sangre. Un tío, el abuelo, el padre. Hay familias en las que los colores se transmiten de generación en generación, sin que nadie pregunte el por qué. Simple efecto de la historia común, del ver sufrir, desde chicos, a nuestros mayores.
Un campeonato no le cambia la vida a nadie. O sí: a los dirigentes, a los jugadores que aumentan su cotización, las empresas que venden camisetas. Pero hay tanta cosa escondida atrás. Las imágenes de la infancia, el sonido de la radio, una vieja camiseta, el sueño de vestirla, la pasión de algún tío, las lágrimas de un descenso. Todo eso explota, junto, cuando pasa algo como lo de anoche.
San Lorenzo, el ciclón, los gauchos de Boedo. El club azulgrana que fundó un cura alzó anoche la copa que le faltaba a sus vitrinas. Una copa que no le cambia la vida a nadie, ciertamente. Pero que, durante un par de minutos, transformar el alma de un modo indescriptible e inolvidable.
Felicidades, cuervos!








