ENTRE COLUMNAS
Sonido y furia
Por Marcelo O´Connor.-
Todos los días un delincuente, psicópata o desesperado, asesina a una ocasional víctima o, a su vez, es matado por la Policía. Las causas del delito y de su estilo represivo, no está en los individuales autores sino en la misma sociedad que lo padece.
Esa sociedad, o más bien su parte “decente”, vive con miedo, casi aterrada. Y exige condiciones extremas para “su” seguridad. No la seguridad de la igualdad de oportunidades, de educación o del pleno trabajo digno. No, seguridad para sus vidas y sus bienes.
Aplaudieron, desde hace treinta años, la consolidación de un modelo social que marginaba sin horizontes a un creciente sector de la población. Se refugiaron en barrios privados, donde están confortablemente presos, y temen a una masa informe de desarrapados, de piel oscura, que no respeta la vida porque la suya tampoco vale nada. Una sociedad que se mira al espejo y se asusta de sí misma.
De vez en cuando la víctima resulta ser un profesional, el hijo de alguien o un “famoso” o amigo del círculo áulico. Entonces se desata la histeria colectiva. Los medios encuentran abono para expandir su sensacionalista morbosidad y claman venganza en nombre de la justicia.
Exigen que el Estado asuma sin disimulos su esencial papel de instrumento de imposición de un orden coactivo (falso, injusto y opresivo) a favor de las clases dominantes. En nombre de valores que ellos mismos han destruido (la familia, la moral, la fraternidad) piden cárceles, castraciones y pena de muerte.
Con la soberbia que sólo da la ignorancia, personajes farandulescos, semialfabetos, opinan estupideces que son apoyadas por una masa de pasivos idiotizados por los medios de comunicación.
Una mayoría del 75% está a favor, según encuestas, de la pena de muerte. Claro, de la clase media para arriba; los otros no opinan o no son registrados, porque saben que sólo a ellos se les aplicará. Una discusión entre retardados mentales, que sólo produce “sonido y furia”, representa el nivel intelectual de una sociedad de mercachifles y meretrices que jamás terminaron de leer un libro.
Inútil sería decirles que el Derecho Penal, en uno de sus aspectos, decía Dorado Montero, es el “derecho protector de los criminales” y garantía de los “estúpidos” derechos humanos, que son para todos y no solamente para “nosotros, la gente decente”. Para evitar que los linchen y que la sociedad toda se convierta en criminal.
No vale la pena recordar que ya en 1877, Piotr Kropotkin en “Las Prisiones”, decía que éstas y los castigos penales no servían “para nada”, o en todo caso, “para aumentar la brutalidad de los crímenes” y demostraba con las estadísticas que la pena de muerte no disminuye los índices de “conductas antisociales” y que la prisión, sin reducir la reincidencia, la promueve, siendo una escuela del delito. Hay una sola forma de mejorar las cárceles: demolerlas. Esta visión es actualizada, cien años después (1975), por Michel Foucault en su obra “Vigilar y castigar”.
“Lo asombroso sería entonces que no existiera entonces una cantidad mayor aún de crímenes en estas condiciones de inequidad. Desde este punto de vista, no debemos sorprendernos del crecimiento de la criminalidad sino asombrarnos de que aún queden visos de humanidad entre nosotros” (Leticia J. Vita).
Por supuesto que las cosas mejorarían si realmente se combatiera a los grandes traficantes de drogas en vez de sus víctimas consumidoras, si las Policías fueran un cuerpo civil armado y no corruptos cómplices del malandrinaje, si a los jueces se los seleccionara por su humanismo y no constituyeran una corporación de empleados genuflexos, si se educara a todos por igual para la libertad,
Pero si “millares de niños crecen en la suciedad moral y material de nuestras ciudades, entre una población desmoralizada por la vida al día, frente a podredumbres y holganza, junto a la lujuria que inunda nuestras grandes poblaciones”, ¿qué otro resultado pretenden?
No se trata de tener reacciones colectivas histéricas sólo cuando nos toca de cerca o personalmente. El marginado social es un producto de un sistema social que reniega de la solidaridad y el crimen no es inherente a la condición humana, sino fruto de una determinada relación de clases.
Sea dicho esto sin intentar terciar en una discusión estúpida y mediática entre imbéciles mediáticos y estúpidos.
Marcelo O´Connor.-
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