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TRES LINEAS
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Villaguay | Entre Ríos | Argentina | Lunes 14 de julio de 2008 |
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ENTRE COLUMNAS . Por Marcelo O'Connor
(Salta, Semanario Redacción) Algo se va a romper Algo se va a romper o ya se rompió, no sé si en lo institucional pero sí en lo social. El resultado de la pulseada infantiloide (vos hacés un acto, yo te hago otro, si hacés una carpa, yo hago tres) entre el Gobierno y los agronegocios financieros ya no interesa. Gane quien gane, el daño está hecho. Como en el viejo cuento del japonés de Nagasaki que tiró la cadena justo cuando estallaba la bomba, nadie esperó tan tremendo efecto por una medida casi de rutina burocrática. Ni los movilizados damnificados. Fue y es una pueblada de derecha, amplificada y manipulada descaradamente por los medios de información y, por momentos, una convocatoria al golpe de Estado, si hubiera con quien darlo. Llegados al borde del abismo, todos vacilaron. No por respeto a la autoridad o la democracia, sino porque avizoraron un porvenir inevitable de inflación (que es mundial), enfriamiento de la economía, protestas y represión. Y eso, que lo hagan los otros. ¿Pero quienes son los protagonistas? ¿La vieja oligarquía, los chacareros? El viejo oligarca, de apellido patricio, ejercía un patronazgo paternalista, de directa relación con sus dependientes y temporariamente hasta residía en el campo. El pool de siembra, el fondo fiduciario, es impersonal, anónimo, totalmente financiero y volátil. No le interesa la propiedad, el paisaje y toda esa bucólica campesina; únicamente la ganancia rápida. Estos agronegocios financieros son los verdaderos intereses afectados que reaccionaron. Pero la agitación se hace con personas y apareció el chacarero. Ahora bien, el chacarero de hoy ya no es el de las ilustraciones de la revista “La Chacra” de los 40, ese gringo bruto pero bueno, mateando bajo el ombú luego de la dura jornada, mientras la mujer hornea el pan y lo chicos atienden a las gallinas y los chanchos. No; si es productor ni siquiera es propietario: arrienda. Y si es propietario pequeño (50, 100 has.) las alquila a muy buen precio y vive en el pueblo más cercano. Se convirtió en un rentista rural, económicamente un parásito. Los precios de los commodities (antes les decíamos “frutos del país”) los convirtió en una pequeña burguesía agraria de “nuevos ricos”, ávidos de más ganancias. Lo sorprendente para todos fue la reacción en cadena. Por supuesto, era de esperar el apoyo automático de la oposición política, que del tema tampoco entiende ni papa, y de las clases altas con sus cacerolas de teflón, normalmente vinculadas a la renta agraria. También, en cuanto olieran sangre, el accionar de los procesistas y servicios siempre agazapados. Pero la cosa se extendió como mancha y se sumó la clase media y hasta sectores de la clase media baja, movidos seguramente por la sensación de inseguridad que les produce la incipiente pero persistente inflación. El Obisperío los bendijo, los diarios aplaudieron, la televisión no se apagó más y se constituyó el más formidable bloque de masa social reaccionaria con componentes racistas y protofascistas, como no se conocía desde 1955. Enfrente, el movimiento obrero organizado se dividió, la clase baja mira con pasividad indiferente y no se ve espontaneidad como para nada que se parezca a un 17 de octubre. La juventud no se moviliza políticamente; descerebrada no está ni a favor ni en contra. Los actos oficiales arrean gente, pero son fríos. Para colmo, a todo el que atine una defensa los medios lo descalifican por estar comprado, coimeado o ser saboreador de dadivosos choripanes. El peronismo cada vez que perdió el apoyo de la clase media, lo voltearon o perdió. Este peronismo no es distinto. Este es apenas un gobierno de centro y de centroderecha en algunos aspectos. La crisis política no está provocada, entonces, por ningún fantasmal peligro a la sagrada propiedad. Tampoco por un derrumbe económico, sino por el contrario, por la prosperidad agroexportadora, que un sector muy agresivamente se niega a compartir. Dispuestos a acumular grandes beneficios rápidamente, poco le importan los daños o desestabilizaciones institucionales. El peronismo, este tampoco, cree en la lucha de clases, como si se tratara de una idea y no de un hecho. Y a la lucha de clases hoy la tiene en su seno. La izquierda, que hace 60 años no tiene obreros, es incapaz de una respuesta propia. La clase media, de la que somos legítimos productos, oligofrénica como siempre, trabaja en contra de sí misma, para llorar cuando sea demasiado tarde. La derecha, la económica, la verdadera, no la de los muertos de frío de la política, quiere el poder económico y sus ganancias y busca quien se haga cargo del poder político represor, para que todo esté en paz. Y le sobrarán candidatos. Porque a los argentinos nunca nos faltan los muy hijos de putas |
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