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Villaguay | Entre Ríos | Argentina | Domingo 15 de junio de 2008

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ENTRE COLUMNAS . Por Marcelo O'Connor

90 años de la reforma universitaria

                                     “Desde hoy contamos para el país una vergüenza
                                   menos y  una libertad más”. (Manifiesto liminar).-

“Hombres de una República libre, acabamos de romper la última cadena que, en pleno siglo XX, nos ataba a la antigua dominación monárquica y monástica”, comenzaba el manifiesto liminar de la Reforma Universitaria de 1918, salido de la brillante pluma de Deodoro Roca.

Firmaban los directivos de la Federación Universitaria de Córdoba: Enrique Barros, Ismael Bordabehére, Horacio Valdés (Presidentes), Gumersindo Sayago, Alfredo Castellanos, Luís M. Méndez, Jorge L. Bazarte., Ceferino Garzón Maceda, Julio Molina, Carlos Suárez Pinto, Emilio R. Biagosch, Ángel J. Nigro, Natalio J. Saibene, Antonio Medina Allende y Ernesto Garzón.
        
Mucho se ha escrito sobre este movimiento reformador de la educación superior, de proyecciones latinoamericanas. Repercutió en toda América y en algunos países generó nuevos partidos políticos, como el APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana) de Víctor Raúl Haya de la Torre en Perú o Acción Democrática de Raúl Betancourt en Venezuela.

Sus logros principales fueron la autonomía universitaria, el cogobierno,  la extensión universitaria, la periocidad de la cátedra, el concurso de oposición y antecedentes y la libertad de cátedra y la cátedra paralela y la libre. En 90 años algunos principios se consolidaron, otros a medias o con retaceos burocráticos o de camarillas y en algunas épocas nefastas se suspendieron.

La Reforma Universitaria sufrió varios golpes y traiciones. Como la Universidad no es una isla, corrió la suerte de todas las instituciones republicanas durante los quiebres constitucionales.

Hace exactamente 50 años, la llamada Ley Domingorena desnaturalizó la educación universitaria argentina, perdiendo su excelencia con la proliferación de institutos privados, confesionales y comerciales, que multiplicaron las carreras humanistas (baratas para dictarlas y caras para cobrarlas) y ninguna de tipo técnico.

Hoy día, no hay universidad pública o privada argentina que figure entre las 200 mejores del mundo. Si a eso le agregamos las sangrías académicas de 1966 (“noche de los bastones largos”) y de 1976, más los sueldos de hambre de hoy, la universidad de la egresaron cinco Premios Nóbel ha quedado muy atrás. Podríamos volver a suscribir un párrafo del Manifiesto que vergonzosamente mantiene total actualidad: “Las universidades han sido hasta aquí el refugio secular de los mediocres, la renta de los ignorantes, la hospitalización segura de los inválidos”.
        
Otro cambio negativo del movimiento reformista, sucedido a partir de los sesenta, es su partidización. La Reforma siempre fue política, pero no partidista.

Tenía sus principios y hasta bandera propia que es la violeta (no morada), es decir un morado pálido, y quizás en algún momento soñó con convertirse en partido político.

En su seno actuaban estudiantes que pertenecían a distintos partidos o a ninguno, pero sin seguir una disciplina política extra universitaria ni conformar agrupaciones por banderías. Las agrupaciones internas, que sí existían, obedecían a afinidades ideológicas,  pero no a prolongaciones comiteriles. 

Por ejemplo, Deodoro Roca no tuvo filiación política. Guillermo Estévez Boero fue Presidente del FUL y de FUA, mucho tiempo antes de formar su propia agrupación que luego adhirió a  un partido.

Esto trajo que la política universitaria dejara de ser creativa, para ser sólo un campo de acción más donde chocan las distintas fuerzas. Y también trajo el sectarismo y la ausencia de democracia.

Que un grupo totalmente marginal y minoritario, como es el Partido Obrero, haya copado circunstancialmente la FUBA, hace más de dos años y se niegue a dar elecciones de renovación de autoridades, es triste muestra del mediocre y lamentable nivel actual de conciencia del estudiantado universitario.
        
Es posible que el movimiento reformista deba revisar algunos contenidos o agregar nuevos. Para lograrlo necesitará retomar el espíritu libertario de 1918. La Reforma tuvo y tiene muchos enemigos, que no son otros que los totalitarios de diversos signos.

“El chasquido del látigo sólo puede rubricar el silencio de los inconscientes o de los cobardes”, decía el Manifiesto. Y también, agregaría, el de los mercaderes que moran en un templo que debería ser sólo reservado para hombres y mujeres libres.

Es posible que el próximo centenario de la Reforma Universitaria y el bicentenario de la Nación nos llame a encarar una Nueva Reforma de ambas, que son una misma realidad. Como finalizaban obligadamente todos los panfletos de mi etapa estudiantil: “Por la Libertad, por la Democracia, por la Reforma”.

Marcelo O´Connor.
Semanario Redacción, Salta.
                                              

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