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Villaguay | Entre Ríos | Argentina | Sábado 24 de mayo de 2008

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Trabajó durante tres meses

Una chica de Villaguay cuenta su experiencia en un taller textil clandestino

-El otro día vi acá en una tienda del centro de Villaguay una campera Delta, de las que hacíamos nosotros.
-¿Y?
-Y me la compré. Estaba barata.

Quien protagoniza el diálogo de más arriba es una chica de nuestra ciudad, que tiene 19 años, que está a punto de terminar la secundaria y que se pasó los últimos tres meses de las vacaciones en un taller clandestino del barrio porteño de Floresta, donde trocó 90 horas de trabajo semanales por 220 pesos.

La chica, que pidió no revelar su identidad y que en consecuencia llamaremos con el nombre de fantasía de “Fabiana”, fue a Buenos Aires invitada por su hermana, cuyo marido trabajaba en esa antigua caso de Floresta, regenteada por dos peruanos, donde ella terminó pasando el que tal vez haya sido su peor verano.

“Tenía problemas con mi viejo y mi hermana me dijo que me había conseguido un trabajo en un taller donde trabajaba su marido. Y me explicó cómo era la cosa. Pero igual me fui”, relató a noticiasvillaguay.

En la casona existían dos talleres en funcionamiento y había otro más en el fondo, abandonado, que utilizaban como refugio cuando llegaban inspecciones laborales. Fabiana compartía el espacio con otras ocho mujeres, que se ocupaban de doblar las prendas, pegar botones, etiquetar, atar los paquetes y en algunos casos poner la ropa en cajas.

“Era una casa de familia de esas viejas y grandes, y había dos talleres que eran de unos peruanos. Pero entre la gente que trabajaba había no sólo peruanos, sino también bolivianos, paraguayos y argentinos. Ellos traían la tela de otro taller y las etiquetas para ponerle a la ropa. Hacíamos pantalones de jean, buzos, camperas. Pero no era ropa trucha. Era la que las marcas después vendían como propias: Delta, Plasma, 47 minutos”, describió Fabiana.

Desde Wilde

Como Fabiana vivía en Wilde, y el taller quedaba a más de dos horas de viaje de allí, ella era una de las empleadas que, como muchas otras, se quedaban en el taller a tiempo completo.

“Trabajábamos desde las 8 de la mañana hasta la una de la tarde. Cortábamos media hora para comer y después seguíamos hasta las once y media de la noche. En el almuerzo nos daban permiso para ir a un kiosquito a comprar un yogur o un sándwich”, contó la chica, quien –por cómo lo cuenta- parece haber vivido esa etapa como una especie de aventura veraniega y no como una excursión al horror del esclavismo.

Al mediodía los peruanos les permitían salir asta un kiosquito ubicado a media cuadra del taller, en una estación de servicio, para proveerse allí de algún sándwich o un yogur que les de la energía necesaria para darle otras casi diez horas al trabajo.

En cambio, por la noche los “empresarios” mostraban toda su generosidad y se encargaban de alimentar al grupo que se alojaba en la textil clandestina.
“Los que vivían más cerca se iban a las 7 y media de la tarde; pero los que estábamos lejos trabajábamos hasta las once y media de la noche y nos quedábamos a dormir ahí toda la semana, hasta el sábado a las tres de la tarde. Es que así te pagaban más”.

-¿Y cuánto cobraban?
- 220 pesos por semana, desde las 8 a las 23 y 170 a los que se iban a las 7 de la tarde. Pero a los peruanos, bolivianos y paraguayos les pagaban menos.

Cuando por fin llegaba la hora del descanso, las mujeres se acomodaban sobre un grupo de colchones tirados sobre el piso de una habitación ubicada en la terraza de la casona. Y los hombres desparramaban colchones en el mismo taller, sobre el piso o arriba de las mesas de trabajo.

“Nos dormíamos enseguida”, cuenta Fabiana.

Para la chica, “lo malo era que te cansabas de estar mucho parada”, no se podía conversar mucho y además los peruanos se apropiaban del equipo de música y no permitían poner cumbia. “Pasaban esa música paraguaya o no sé de dónde, y muy de vez en cuando nos dejaban poner algo santafesino”.

Fabiana no parece tener marcas traumáticas de su paso por la esclavitud. Se toma esa etapa reciente de su vida como algo que pasó y que en cierta forma tuvo algo de aventura juvenil.

Pero sabe, sin embargo, que no va a volver. Sabe que no se pasará la vida entera con los peruanos, como sí les tocara hacerlo a varios conocidos suyos.

“Tengo varios familiares que están trabajando en eso; e incluso otros compañeros que iban conmigo a la escuela. Ellos siguen. Yo estuve desde diciembre y vine los primeros días de marzo, un día antes del comienzo de las clases. Fueron unas vacaciones hermosas”, dice Fabiana, y se ríe.

Marcas conocidas

Las textiles clandestinas, que explotan sobre todo a inmigrantes de países vecinos, trabajan, casi siempre, para marcas muy conocidas.

Puma, Fila, Le Coq Sportif y Arena han sido denunciadas tiempo atrás por el gobierno de la ciudad de Buenos Aires, luego que se detectara que mandaban a confeccionar sus prendas a través de un circuito de talleres clandestinos.

La denuncia que se presentó entonces mencionaba que estas marcas usan talleres clandestinos donde no se respeta ningún derecho donde no se respetan las condiciones de higiene y seguridad.


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