Si alguna virtud tiene Jorge Pedro Busti es la velocidad. Es rápido de reflejos, ve antes la esquina que a otros se les aparece de improviso y tiene la muñeca necesaria para dar el giro en el momento preciso, derrapando a veces un poquito, pero no tanto como para estamparse contra la pared.
Ayer, antes de la conferencia que dio sobre la constitución en un salón de la Sociedad Española atestado de gente (muchos de ellos estudiantes del ISEA, que habría sido obligados a concurrir), el ex gobernador habló con los medios y descargó varias dosis de antikirchnerismo.
Entre otras cosas, cuestionó la falta de democracia interna en el Partido Justicialista y dijo que Kirchner tiene cerrada con candado la sede del partido. Y eso es tan cierto como que el PJ entrerriano, hace pocos meses, eligió a dedo sus candidatos. Pero a eso, acá, le dicen aclamación.
Fue en un congreso en Salud Pública donde todos levantaron la mano y cantaron la marcha unidos para, después de la derrota, despedazarse.
En ese mismo lugar, pero en el 2003, en otro democrático congreso, Busti había abandonado su pasado menemista para explicitar su apoyo a Néstor Kirchner en el frustrado ballotage. Esa vez el giro fue tardío y se tragó el cordón, lo que le costó la eterna apatía (o desprecio) del kirchnerismo a su figura, asociada a Carlos Menem.
Igual se subió a la onda progresista y se bancó al santacruceño con hidalguía. Hasta que en marzo del año pasado volvió a mostrar su agilidad y percibió rápidamente que el conflicto del campo iba a marcar un antes y un después.
Desde entonces juega el papel de hombre de consensos y le hace la vida imposible al gobernador Sergio Urribarri, a través de laderos como José Allende, que en su doble papel de sindicalista y diputado tuvo el mal gusto de instalar una carpa frente a la casa gris para descorchar champaña y reclamar mejoras salariales.