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La gente y los periodistas
           
La gente no existe. Hay quienes insisten con ese término que sirve para tapar matices,  para pintar a la cal una realidad que en realidad tiene muchos colores y tonalidades, para borrar las diferencias y pensar que todos son iguales y que aquello que puede identificarse como pensamiento mayoritario es el pensamiento de todos.

Pero bueno. Se ha instalado la fe en la gente. Y entonces los políticos trabajan para la gente pero no le arreglan la vereda a un vecino en particular. No pueden perder el tiempo en un solo tipo, porque si lo hicieran no podrían trabajar para “la gente”, que es mucha y que siempre tiene razón.

Como la gente siempre tiene razón, los directores artísticos de los canales ponen al aire boludeces porque le gustan a la gente, que, por cierto, es medio bruta, se ríe de cualquier gansada y se traga porquerías de las más diversas contexturas y tamaños. Porque, eso sí, la gente tiene un estómago a prueba de todo.

Como la gente sabe de lo que habla, los técnicos no duran ni  un suspiro en los clubes. Tal vez hacen jugar bien al equipo, pero a la gente le gusta ganar y además conoce mucho de tácticas y estrategias y sabe mejor qué jugadores están en condiciones de salir a la cancha. ¿Qué puede saber un solo tipo enfundado en un buzo de DT frente a la inmensa sabiduría que se oculta en esa masa informe llamada gente?

Y, claro, llegamos al punto: los periodistas, que ayer festejaron su día, también trabajan para la gente. Y como la gente siempre tiene razón, ellos agachan la cabeza y le dicen que sí, que es cierto, aunque la gente diga que la tierra gira alrededor de la luna, aunque sepan que la gente se equivoca.

Es que es más cómodo darle la razón del loco a la gente que intentar explicarle lo que uno, por el lugar que ocupa o el trabajo de cumple, quizá conoce un poquitito mejor. Además, ponerse del lado de la gente da cierto status. Y uno termina creyéndose el cuento de que es un héroe y termina montando el caballo manso de la fama fácil y modesta.

Sin embargo, por suerte, hay muchos que dejan pasar el caballo y prefieren decir lo que les parece que tienen que decir, aún cuando la gente se enoje, aún cuando los puteen sus propios oyentes, televidentes o lectores. Porque, eso sí, hay que animarse a decirle que no a ese monstruo llamado gente. No perdona ni un desliz.

Esos periodistas saben que, tanto ellos como la gente, se pueden equivocar. Están convencidos de que la objetividad es un invento y que lo mejor que pueden hacer es tratar de no traicionarse a sí mismos, no ocultar desde dónde hablan, no tapar sus dudas, sus titubeos y hasta sus miedos.

Yo quiero ser de ésos.

Martín Carruego


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