
El hospital, los médicos, el cura y el barullo
El primer recuerdo nítido que tengo del hospital es de un sábado a la tarde. Una chica, jovencita, se paseaba con un suero en la mano y ante la cara de asombro de los que estábamos ahí, una enfermera intentó una explicación: “Ésa que se las arregle sola porque se hizo un aborto”.
Después me veo en un pasillo de maternidad, escuchando el grito de mi primer hijo y llorando casi para adentro. Seguramente por la emoción, pero también por la tristeza que provocaba ese pasadizo largo y desolado en una tarde de abril que se apagaba.
Pocas veces el Santa Rosa está ligado a un buen recuerdo. Otro sábado me veo tirado en la camilla de la guardia. Y un médico me diagnostica desde dos metros de distancia, sin tocarme. Erróneamente.
Otra noche, una residente con cara de no haber recibido una alegría en años, hace lo mismo con otro de mis hijos.
¿Quién tiene razón entonces en este quilombo? ¿Carril, que admite que como médico hizo lo que hacen muchos médicos (trabajar poco), pero que ahora quiere, parece, redimirse? ¿Los profesionales, que siguen trabajando poco pero que están mal pagos y que en muchos casos cuentan con escasos insumos de trabajo? ¿Los residentes a los que nadie les enseña nada? ¿el cura, a quien es imposible refutarle algo porque en algunas cosas tiene razón y cuando no la tiene igual la tiene? ¿El estado, que deja que se descuarticen todos porque el ruido tapa sus obligaciones incumplidas?
Ninguno parece trabajar con placer en el hospital. Ni los administrativos, ni los enfermeros, ni los ordenanzas ni los choferes y mucho menos los médicos, que toman ese laburo como un trámite, cuando no como una especie de actitud de caridad a sueldo.
En realidad no es extraño. Para todos los argentinos –y no sólo para los empleados del gobierno- el Estado es un tipo que se babea y al que se lo puede engañar con demasiada facilidad.
Criticar a los médicos no es joda. Te puede pasar como al alcalde aquel del cuento de García Márquez, que moría de un dolor de muelas y tuvo que recurrir finalmente al sacamuelas, que era su principal adversario político en tiempos de guerra civil.
Pero aunque el cura no tenga toda la razón, tendrán que admitir que algo habrá en la percepción popular acerca de su trabajo, para que las bravuconadas del sacerdote tengan un efecto tan notable.
Anoche, en la conferencia de prensa, uno de ellos –al que no conozco- insistía en que durante todo este tiempo “nadie quedó sin atenderse en el hospital”. Tal vez es cierto. Pero no es eso lo que la gente reclama de ellos. Paradójicamente, están errando el diagnóstico.
De lo que se habla es de que, los que no lo hacen, atiendan el tiempo que deben, y que lo hagan con la dedicación y las ganas que el paciente se merece. Por supuesto que no todos van a tomarse un recreo al hospital. Pero hay muchos que lo hacen. Y no es ni el cura, ni el director ni la prensa la que ensucia a los que van y cumplen. Son sus propios colegas haraganes los que fomentan esa generalización, esa percepción popular de que “los médicos trabajan poco”.
Después está el cura Leo. Siempre me pregunté si gente con su carácter -o como el de De Ángeli, gente de acción digamos-, no tienen algunos momentos de duda. Si de verdad siente con tanto fervor que la razón está siempre de su lado y que no hay términos medios.
Es probable, altamente probable, que el cura tenga buenas intenciones. Pero evidentemente tiene la cadena floja y se le sale a cada rato. Igual, su intervención en el conflicto tuvo un saldo positivo: se empezó a hablar en serio de los problemas del hospital.
Ahora es preciso serenar los ánimos pero no permitir que se acalle el barullo. Es hora de que en Paraná se enteren que hay un centro en la provincia y que el hospital Santa Rosa no puede seguir siendo una sala de primeros auxilios grande
Martín Carruego
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